lunes, 8 de junio de 2009

Historias reales


Un viejo repartía unos sueltos a la entrada de mi trabajo, en la Universidad. Yo iba apurado y pasé rápido por su lado. Cogí el papel sin pensar, como si fuera la promoción de un concierto. No fue hasta un buen rato después, ya de regreso a mi casa, cuando pude comenzar a leer el texto que me había entregado.
Confieso que presentaba una mezcolanza de cosas que me intrigó al instante: física elemental con citas de Reflexiones de Fidel, ensartadas por metáforas provenientes de la evolución del género humano: la evolución a la posición bípeda y el “equilibrio vacilante” que ello entraña.

Historias reales

Resulta muy extraño escribir sobre esto. Hace apenas un mes me hubiera parecido imposible. Pero de la misma manera que el arte copia de la vida, la vida que llevamos, de maneras inesperadas busca imitarlo —hora en sus grandes enseñanzas, hora en su falta radical de sentido, a veces en las dos vertientes a la vez…Hubo un tiempo, un largo tiempo, en que observé con sospecha la cantidad de saliva que se iba en Cuba hablando de las fracturas, de los rencores, de la nostalgia, de cómo se extrañaba, de las ausencias, del vacío… de la emigración. Todo aquello me tenía hasta el último pelo. Miles de canciones, miles de leyendas, miles de gente haciéndose las víctimas… ¡Por Dios! A Carlos Varela, que solía recibir mi adoración, ya no podía soportarlo. Todo tenía que ser un gran bluff. La gente se va y viene. Todos no vamos, o venimos. Y si no venimos es porque no nos da la gana. No hay más que eso.

Historias reales

Me encuentro en Santiago de Cuba, es primero de enero de 2009 y aun sin terminar de escribir el título de este comentario, ya estoy preocupado.
“Vivimos en el síndrome de la culpa”, me comentaba hace unos días una colega. “Precisamos defendernos antes que expresarnos. Y además, nos parece necesario responsabilizarnos con la defensa de algo que no tiene mucho que ver con nosotros como individuos…” ¿Tenía razón? ¿Debo suponer que defiendo o ataco algo cuando escribo esto? ¿Qué es ese algo? De veras que no estoy seguro de colimarlo. Me dan ganas de voltear la tortilla: ¿qué se piensa sobre mí? ¿Estoy siendo atacado o apoyado? ¿Qué planes se guardan para mí?

Regresemos al título. Decirle seriamente “cosa” a esta (tendré que repetirlo) cosa que es la Revolución y que ha inundado durante cinco décadas los más diversos confines de la experiencia cubana resulta, al menos, irregular, problemático. Pisar el lugar donde se anunciaba hace medio siglo la entrada de los nuevos mambises al poder, me lo refrenda. Escuchar las palabras del presidente Raúl Castro, me lo refrenda

Historias reales

No ha habido civilización o pueblo, etnia o familia, individuo o planeta, que no se haya creído es de forma “natural” el centro del mundo.Los griegos tenían una palabra para eso: “omphalos”, que ha llegado a nosotros transformada en ombligo. La utilizaban para nombrar el sitio donde estaba situado, con sus vapores narcóticos, el oráculo de Delfos, su conocido santuario donde los sacerdotes interpretaban el mundo al transferirle un orden sacralizado que bien visto, no era sino producto de una auténtica y colosal borrachera. Pero no creo que fuera tanto la borrachera de aspirar gruesas volutas del humo de… cebada, cáñamo, laurel (seguro que hubo “malas” mentes que pensaron otra cosa). También considero que fueron víctimas de una borrachera mayor, aun más perseverante y noqueadora: la borrachera que produce el mero creerse ombligo, la ombliguitis.La ombliguitis es, digan lo que digan, una trágica constante a lo largo de toda la historia, así como fugarse de ella la rebelión de intención didáctica de muchos de los enfermos.

Historias reales

Hubo un tiempo en que me dio por la Filosofía. No aprendí demasiado, pero me divertía mucho complicándole la vida a mis compañeros, buscándole la quinta pata a todos los gatos que nos pasaban por el lado.
Marx, Nietzsche, Sartre, Platón, Foucault, Aristóteles, Berkeley, Hume… No tenía escuela, no tenía bandera. Como un sofista, intentaba ponerlos a todos en bronca, enlazaba citas que no tenían mucho que ver. Era divertido, expresión y respuesta gozadora a los profesor@s que se esforzaban por ponernos la cabeza mala.

Historias reales

Salgo del aula después de debatir un rato con estudiantes de 4to año de Periodismo sobre la comunicación pública en la Cuba de los 90.
El llamado “periodo especial” (aka. la crisis total que sobrevino al derrumbe del socialismo en los países del este) nos dejó rastros indelebles. Naturalizó en la vida cotidiana la decisión de emigrar, incluso la hizo una estrategia de sobrevivencia planificada en la familia. Desarrolló hasta límites inverosímiles la creatividad insular. Lo fraudes más extravagantes (un bistec de colcha de trapear en las playas de Marianao) se yuxtaponían a un sinnúmero de peripecias tragicómicas (un buffet elaborado exclusivamente con cáscara de plátano en un balance municipal del Partido Comunista). Llenamos la clase de anécdotas, no podía ser de otra manera.
¿Y ahora no viene otro periodo especial?

"Alicia..."(1991) Para mi gusto, junto a "Madagascar" (1994), de Fernando Pérez, las dos piezas maestras del espíritu de los 90 cubanos en el cine.
Recordamos el film Alicia en el pueblo Maravillas, de Daniel Díaz Torres (dir.) y el grupo Nos-y-Otros (con Eduardo del Llano) en el guión. Los cubiertos encadenados a la mesa de la pizzería, el jabón detenido en el aire, asido a un alambrón sobre el lavamanos. Y traté de ponerlos en situación, recrear la imposibilidad de “producir” absurdo. Porque la gente del pueblo donde se filmaba decía: “¡Qué buena idea! Aquí hay que encadenar los cubiertos, verdad que a los artistas se les ocurre cada cosas…”
La crisis dejó las pautas de conducir la vida cotidiana de cabeza. Hoy vivimos, para bien y para mal, los ecos de entonces.
Recordamos la sensación tremenda de un grupo de hombres, solitarios en su mutua compañía, en la madrugada de la costa un verano de 1994. Y su destino trágico, afortunado, trivial. (Recordamos el documental Balseros.) Y los vítores, y los rezos a Yemayá de los vecinos.

Historias reales

Mamá ocupadísima encuentra algo de alivio

Debbie nunca fue una persona que dejara que el dolor o una lesión se interpusiera en su activo ritmo de vida. Esta ocupadísima mamá es la supervisora en unos grandes almacenes, un exigente trabajo que le impone caminar, doblarse y levantar peso.
Sin embargo en el año 2000 Debbie se enfrentó con un gran obstáculo. Después de levantar y transportar su perro de casi 50 kg, se produjo una lesión que necesitó de una intervención quirúrgica importante. Desafortunadamente la intervención quirúrgica dio como resultado más dolor de lo que podía soportar: un dolor fuerte y constante desde la cintura hacia abajo. “Me estaba volviendo loca, tanto que no podía soportar el dolor y tenía que tomar analgésicos.”
Con la ayuda del Dr. John Givogre, Debbie intentó diversas terapias, incluidas inyecciones para matar los nervios y una fuerte medicación de forma continuada. Las inyecciones tuvieron poco efecto y Debbie quedó frustrada. “Los fármacos me mantenían adormilada. Y no quería estar el resto de mi vida dependiendo de la medicación”.
A continuación el Dr. Givogre sugirió la terapia de estimulación medular eléctrica. “Al principio, la idea de tener algo implantado en la médula me parecía extraño. Pero cuando pensé en las ventajas de vivir sin dolor, dije: ¡adelante!"
Al poco tiempo después de la intervención quirúrgica, observó una importante mejoría en su dolor y pudo reducir la medicación de analgésicos en un 75 por ciento, lo que le permitió trabajar casi sin dolor.
Con su neuroestimulador, Debbie toma únicamente una píldora por la mañana y deja que el sistema maneje el dolor durante el resto del día. Luego, apaga el sistema durante la noche. “Ahora no tengo que preocuparme por el dolor. Con el tiempo el dolor te vence. Es algo que dura 24 horas al día, mientras estás de pie, sentado o en cualquier otra posición. Mi neuroestimulador enmascara el dolor hasta un punto en el que casi puedo vivir sin medicación”. Ahora Debbie ha vuelto a practicar la jardinería, a cocinar y lleva un ritmo de vida normal junto a su marido, Al y sus dos hijos, Christopher y Jason.
Cuando se encuentra con otros pacientes con dolor crónico, Debbie explica su éxito. “Lo recomiendo sinceramente. He charlado con personas que sufren de dolores y están pensando en la opción de la estimulación medular eléctrica y les digo que no tengan miedo. Una vez que pasa el ligero e inicial dolor derivado de la intervención, puedes notar el alivio que se produce”.