lunes, 8 de junio de 2009

Historias reales

Me encuentro en Santiago de Cuba, es primero de enero de 2009 y aun sin terminar de escribir el título de este comentario, ya estoy preocupado.
“Vivimos en el síndrome de la culpa”, me comentaba hace unos días una colega. “Precisamos defendernos antes que expresarnos. Y además, nos parece necesario responsabilizarnos con la defensa de algo que no tiene mucho que ver con nosotros como individuos…” ¿Tenía razón? ¿Debo suponer que defiendo o ataco algo cuando escribo esto? ¿Qué es ese algo? De veras que no estoy seguro de colimarlo. Me dan ganas de voltear la tortilla: ¿qué se piensa sobre mí? ¿Estoy siendo atacado o apoyado? ¿Qué planes se guardan para mí?

Regresemos al título. Decirle seriamente “cosa” a esta (tendré que repetirlo) cosa que es la Revolución y que ha inundado durante cinco décadas los más diversos confines de la experiencia cubana resulta, al menos, irregular, problemático. Pisar el lugar donde se anunciaba hace medio siglo la entrada de los nuevos mambises al poder, me lo refrenda. Escuchar las palabras del presidente Raúl Castro, me lo refrenda

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