El Monasterio Cisterciense de la Encarnación de Córdoba es un lugar lleno de encanto, sencillez y sobriedad. Todo él invita al encuentro con Dios. Entre sus paredes transcurre la vida de clausura de un grupo de religiosas. “El rostro de nuestra Comunidad puede chocar al hombre actual. Pienso que la misión primordial de la vida contemplativa y monástica, en el momento presente, es la profética: ser una voz sin voz que grite con insistencia que la felicidad del hombre no depende tanto de tener o no tener, de hacer o dejar de hacer, de decir o callar..., sino de ser en plenitud, de que la vida tenga sentido… Y esto nosotras lo sabemos y hemos experimentado que sólo lo da el Espíritu de Cristo, Nuestro Señor” afirma Josefa Mª Espina, hermana de la Comunidad Cisterciense de la Encarnación de Córdoba.“La clausura no es una barrera con el exterior, es simplemente, darle a nuestra estancia un clima de mayor intimidad, silencio, serenidad,.... Podemos comparar la vida en el Monasterio como el remanso de un río. No estamos fuera del río, pero aquí, en el remanso, el agua adquiere un ritmo más lento, más pausado, permitiendo oír el susurro del Espíritu en nuestro interior”. “Nuestra existencia no se entiende sin Cristo. Buscamos hacer, querer, pensar y sentir como lo desea Él y desaprobar lo que le desagrada”. La actividad primera y fundamental de la jornada monástica es la oración. “Una oración, que se inicia, alimenta y fortalece con la Palabra de Dios (bien oída en nuestros actos litúrgicos, bien en el tiempo de la lectio divina o lectura orante de la Palabra). La meta es conseguir una oración continua, que fluya en cualquier otra ocupación del día”. “Comenzamos el día al toque de una campana, a las 4,30 h. de la madrugada. Desde las 5 a las 8,30, disfrutaremos de lo mejor de nuestra jornada: Vigilias, Lectio Divina, Laudes, Eucaristía y Oración personal. Horas donde el silencio provoca la adoración, la alabanza, la intercesión y la contemplación. El resto de día estará marcado por las horas litúrgicas de Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. En todas las horas litúrgicas acabamos siempre con un canto a la Virgen, nuestra Madre, a quien están dedicados nuestros monasterios. Al fin del día, agradecemos todo lo acontecido con el bello canto cisterciense de la “Salve” y le pedimos que mire con amor a todos sus hijos”. El segundo pilar donde se sustenta el día monástico es el trabajo. Un trabajo, sencillo y creador, que busca colaborar con Dios y con los hombres en la ingente tarea de transformación del mundo. Es el “ora et labora” de la vida del monje. Un trabajo que no tiene interés lucrativo; es un medio de vida, para cubrir las necesidades materiales de la Comunidad y compartirlo con los pobres. Toda esta vivencia se realiza en fraternidad. “Somos cenobitas, es decir, todo lo tenemos en común: juntas vamos a la Iglesia, juntas a la sala de Lectio, juntas al Refectorio para comer, juntas al trabajo, juntas hasta nuestra morada definitiva, donde ya nos esperan las hermanas que pasaron por este Monasterio, desde hace ya cinco siglos, allá por el año l.5l0”.“Esto no se contradice con la vida de soledad y silencio, que busca el encuentro con el Señor, pues cuanto más le amemos, más unidas estaremos a cada una de las hermanas. Estamos llamadas a ser una célula de intensa comunión, como las primeras comunidades cristianas “que tenían un solo corazón y una sola alma”, es decir, la de Cristo”. Sobre los motivos que movieron a todas estas hermanas a dedicarse a la vida monástica y contemplativa, “todo comenzó porque el Señor nos mostró su amor, todo comenzó por pura Gracia, todo comenzó gratuitamente. Somos monjas contemplativas porque así lo ha querido Él. Él fue quien se presentó un día en el camino de nuestra vida. Jesús, quien posó su mirada sobre cada una de nosotras, y allí, en lo más profundo de nuestro corazón, en una gozosa intimidad, nos habló de sus proyectos, su pasión por los hombres. Nos invitó a ir con Él a un lugar apartado, donde el silencio, la soledad y el anonimato, favorecen el encuentro y el diálogo con su Padre. No fue fácil decir: «Sí». Muchos pensamientos y sentimientos retenían esta decisión. Finalmente, confiando en la fuerza de Aquel que nos llamaba, sin pensarlo más, llegamos a las puertas de este Monasterio Cisterciense de la Encarnación”. Desde este lugar de recogimiento, las hermanas “Llevamos a la oración todo lo que necesitamos los hombres y la Iglesia. Vivimos, como propios, los dolores y problemas de nuestros hermanos los hombres, sus trabajos y sinsabores, sus angustias y soledades, sus alegrías y esperanzas...todo lo ponemos en el corazón de Cristo, para que lo presente al Padre”.